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Ni me va, ni me viene – Arte urbano, iniciativas ciudadanas y aventuras personales
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Explorando El Raval. Sixe Paredes y Joan Miró

Desde que descubrí, hace años, la existencia del arte urbano hay dos características que aprecio cada vez más intensamente: una es el encontrarme con la obra de manera casual, mientras camino por la calle; aunque otros muchos la hayan visto antes que yo, me siento como si hubiese descubierto algo único. Ni Livingstone al divisar las Cataratas Victoria pudo sentir más entusiasmo que el  mío cuando encuentro una nueva pintura que no conocía. La otra cualidad que valoro es la capacidad de la obra de adaptarse al entorno donde esté pintada sin que resulte un pegote en la ciudad. Por esta razón, muchos de los grandes murales que he visto en las ciudades me resultan excesivos y pocas veces entiendo las razones que han llevado a su autor a decorar de esa manera una fachada.

 

No ha sido el caso de esta mañana. Aprovechando que he cogido unos días de vacaciones, hoy he visitado el MACBA y luego he ido a dar un paseo por El Raval. Caminaba sin ningún rumbo fijo, callejeando por aquí y allá para ir descubriendo el barrio. Y casi de sopetón me he encontrado con un mural enorme, colorido, en el que se puede leer el homenaje del autor a Joan Miró.
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Los Muros de la Tabacalera 2016

Antes de ponerme a escribir este post hice una búsqueda rápida en el móvil: “muros tabacalera”, sin tener claro qué quería encontrar. Las imágenes que aparecían en primer lugar correspondían al lugar que estaba pensando, los muros de la antigua Tabacalera de Madrid, pero eran unas fotos antiguas, antiquísimas, por lo menos del mes pasado o incluso de hace dos años. En 2014 Madrid Street Art Project realizó la primera convocatoria de Muros Tabacalera, en la que más de veinte artistas decoraron los muros que rodean este edificio de Madrid. La propuesta resultó todo un éxito, daba gusto pasar por la calle Miguel Servent y caminar al lado de esa galería al aire libre.
 
Pero en junio todo cambió. Alguien aplicó una capa de pintura blanca sobre los murales y La Tabacalera perdió el colorido y el carácter que había conseguido en este tiempo. Afortunadamente se trataba de los preparativos de la segunda edición de Muros Tabacalera; en unos días, veintitantos artistas repintarían estos soportes de hormigón y dejarían su impronta en el barrio.
 
Sigo con la búsqueda del móvil y a medida que desplazo el dedo hacia abajo comienzan a aparecer las imágenes de este 2016, mezclándose con sus predecesoras. Me da pena que las otras hayan desaparecido pero me gusta el guiño que han hecho al carácter efímero del arte urbano.
 
Este año no he podido ir los días en que los artistas estaban trabajando, algo que me encantó en la anterior convocatoria, pero no me he querido perder el resultado final. Os aseguro que sigue siendo un placer pasear al lado de estos Muros, cuyas obras giran este año en torno al concepto de la “Naturaleza Urbana”.

 

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Alice Pasquini

La enrevesada, divertida y absurda historia del graffiti de la fuente de Sant Agustí Vell

Me he mudado a Barcelona. Sólo llevo aquí tres días así que todavía no conozco la ciudad pero aprovecho que esta semana estoy de vacaciones para explorar el lugar donde voy a vivir. Algo de lo que ya me he dado cuenta es que moverse por Barcelona es sencillo; no es una ciudad grande por lo que ir de un barrio a otro es mucho más rápido que lo que supone hacerlo en Madrid. Esta mañana, por ejemplo, he ido al Museo Picasso y desde mi casa podría haber llegado en unos veinte minutos si no fuese porque –como acostumbro a hacer– me he perdido y porque en el camino me he encontrado con esta fuente cuya decoración no tiene desperdicio. Por más que uno la mire no se puede hacer a la idea de qué pintan todos estos animales, realizados por autores y con técnicas diferentes, en este recogido rincón del Barrio Gótico.

Arte urbano Barcelona

Ze Carrión en La Neomudéjar

 

Es difícil aburrirse en una casa antigua. Por mucho que uno crea conocerla siempre queda algún rincón que no conocemos tan bien como creíamos, o se nos olvida ese último estante en un armario donde a saber qué habíamos colocado. A diferencia de los apartamentos pulcros y diáfanos, las casas antiguas esconden tesoros extraordinarios; en sus habitaciones y recovecos parece que hayan sucedido historias apasionadas o quizá anodinas, pero todas dignas de ser contadas.

La Neomudéjar es un Centro de Artes que ha aprovechado una nave de ferroviarios de finales del s. XIX para sus instalaciones. El edificio está al lado de la estación de tren de Atocha y en su día fue un taller de aprendizaje de los trabajadores del ferrocarril. La Neomudéjar es un lugar desordenado, sucio, antiguo, maravilloso. Junto a las obras de arte expuestas se han conservado los enseres de los antiguos ocupantes del edificio, de esta manera el espacio se ha adecuado a su nuevo uso pero mantiene todavía parte del mobiliario anterior y sobre este podemos encontrar algún vestigio (un recorte de papel pegado, un escrito) de sus antiguos moradores.

Actualmente se exhibe el trabajo de Ze Carrión, al que conozco por sus obras de arte urbano, y que más de una vez ha aparecido en el blog. Este artista ha trabajado como “artista en residencia” durante los últimos meses, utilizando los talleres de La Neomudéjar para realizar su proyecto.

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Auténticos graffitis en Pont du Gard

Este verano he pasado unos días en el sur de Francia, en La Provenza. A pesar del tremendo calor que ha hecho (creo que hasta las cigarras estaban sofocadas) he disfrutado muchísimo viendo los preciosos y cuidados pueblos y el increíble paisaje que los rodea. Una de las excursiones que hicimos fue a Pont du Gard, uno de los acueductos romanos mejor conservados del mundo. Esta obra, construida en torno al año 50, abasteció de agua durante cinco siglos a la ciudad de Nimes, que por aquel entonces contaba con 20.000 habitantes y se llamaba Nemausus. Hoy en día el acueducto se ha convertido en una atracción turística, en parte por el propio monumento y también por el enclave natural en el que se encuentra.

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Los mensajes de despedida para el Café Comercial

Este lunes 27 de julio se anunció, por sorpresa, el cierre del Café Comercial de Madrid. Sus propietarios lo hicieron mediante un escueto mensaje en la cuenta de facebook que dejó anonadados a quienes lo leímos. ¿Cómo era posible que un café tan mítico, tan bonito, tan antiguo, pudiese cerrar así, de sopetón? ¿Qué había ocurrido para que no existiese una solución al cierre de un lugar tan emblemático como ese?

Lo primero que pensé, indignada, fue que el negocio tendría un alquiler de renta antigua y que no había podido adaptarse a la subida. Me imaginé el aspecto que tendría en la Glorieta de Bilbao, en la esquina que ocupa el Café Comercial, la terraza de una franquicia cualquiera, que se instalaría allí en los próximos meses, aprovechando la situación. Visualicé a los turistas sorbiendo cafés con pajitas en vasos de plástico, ajenos al precioso local que había existido en ese mismo lugar. Leí después que el alquiler no había tenido que ver con la decisión del cierre, que el negocio no iba mal (según palabras de uno de sus empleados) y que parecía que los propietarios habían decidido cerrar por motivos personales.

El mismo lunes, ratificando el mensaje de facebook que por virtual algunos podrían pensar que no era del todo real, un letrero pegado en la cristalera del Café anunciaba a los que se acercaron que estaba cerrado. Era un durísimo golpe para los amantes de Madrid, que veían cómo se cerraba de un portazo un local en el que Machado o Jardiel Poncela, entre otros, habían participado en sus tertulias y que descubrían que no podían ni siquiera echar un último vistazo a ese salón, elegante y decadente, ya que sus cristales estaban totalmente empapeladas con pliegos de papel marrón. Me imagino la pena de los asiduos y de los vecinos, que se encontraron, sin ninguna explicación, con el cierre echado. Y supongo que fueron sentimientos de aflicción y de impotencia los que llevaron a uno de ellos a pegar en esas cristaleras una cuartilla escrita a mano en la que se despedía de ese café de toda la vida. Tres días más tarde, el escaparate está repleto de carteles y de post-it con forma de corazón en el que se leen agradecimientos, mensajes de despedida, mensajes de súplica y algunos reproches al cierre del Café. Estas son las imágenes, son muchas, pero es que muchos han sido los mensajes.

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Los gatos necesitábamos un cambio

En Madrid ha sucedido algo bonito.

Decía Manuela Carmena, en la comparecencia tras el recuento de los votos, que su campaña había sido (cito de memoria) “la de la imaginación y la alegría”, refiriéndose al movimiento que ha llevado a un grupo de diseñadores, fotógrafos, artistas y demás voluntarios a realizar, de manera desinteresada, imágenes, gifs animados o carteles en apoyo a su candidatura.

El “Movimiento de Liberación Gráfica de Madrid” y “Madrid con Manuela“, las plataformas que han organizado este proyecto, han estado muy activas en las redes sociales donde estas semanas atrás hemos podido ver decenas de imágenes en las que Manuela Carmena era la protagonista.

Pero no ha quedado todo en el mundo virtual ya que también en la calle se han visto diferentes iniciativas. Una de estas ha sido la que convocó La Galería de Magdalena, que el viernes pasado, unas pocas horas antes de que comenzase la jornada de reflexión, utilizó su ya conocido muro de la calle del Príncipe para regalar a todo el que pasase tarjetas y chapas con los diseños en apoyo a Manuela.

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Max

Hace unos años conocí a un chico con el que, desde el primer momento, hice buenas migas. Los dos teníamos aficiones y hábitos similares: nos gustaba ir al cine, leer cómics, comer y cocinar, dar paseos sin rumbo fijo para descubrir tiendas curiosas. Nos gustaba viajar, los dos escribíamos con tinta de color verde y a ambos nos había llamado la atención el arte urbano: su interés comenzó al descubrir el yarn bombing, el mío lo desarrollé al escribir este blog. También éramos aficionados a la fotografía y ambos teníamos una galería de imágenes similar  —en flickr o en facebook— en la que capturábamos los dibujos hechos en paredes que representan rostros humanos. Tantas cosas teníamos en común y tan bien nos lo pasábamos, que terminamos haciéndonos novios y nos fuimos a vivir juntos.

Regalos Suburbanos en el metro de Lavapiés

Este año los Reyes Magos se han adelantado unos días, y han delegado sus funciones a La Galería de Magdalena, que ha llenado la estación del metro de Lavapiés de regalos para ofrecerlos a los viajeros.

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Ya os he hablado en varias ocasiones de Las Magdalenas; estas chicas —Isa y Raquel— realizan proyectos en los que dan regalos a los ciudadanos, que los acogen siempre con cara de sorpresa: no es común que unos desconocidos nos ofrezcan algo de manera altruista. También organizan exposiciones personalizadas (como la que me regalaron mis amigos el año pasado) en las que las paredes de su particular galería no son otras que los muros de la ciudad. Por lo general, sus intervenciones son un vínculo entre los ciudadanos y sus propias localidades, e intentan implicar a los viandantes con su ciudad y con el resto de sus vecinos.

¿Qué autobús para aquí?

Cuando era adolescente, miope y coqueta (menuda mezcla) tendía a quitarme las gafas siempre que no me resultasen imprescindibles. Cuando recorría los pasillos de la universidad o cuando caminaba por la calle las llevaba en un bolsillo. De esa manera me sentía mucho más sexy pero como no veía tres en un burro, si me cruzaba con alguien conocido al no distinguirle no le saludaba, por lo que ahora pienso que a más de uno le debí parecer una petarda. Y más de un problema tuve para moverme por la ciudad y coger el autobús indicado, porque por mucho que achinase los ojos para enfocar correctamente, a veces era incapaz de distinguir el número de la línea que tienen en la parte superior y no me quedaba otra que preguntar a quien estuviese a mi lado.,

En Brasil la miopía no es el problema para atinar con el autobús adecuado porque el inconveniente que tienen muchas ciudades es que las paradas no tienen un cartel donde se indique qué autobús es el que se detiene en ese lugar. Supongo que este método fomentará la comunicación entre los viandantes o bien el ejercicio físico, porque me imagino las carreras que se pueden dar —vecinos o turistas— tras los autobuses, hasta dar con la parada adecuada. Hartos los ciudadanos de esta situación se les ocurrió la sencilla idea de colocar, en los postes de las paradas, unas pegatinas para que los propios vecinos de cada zona anotasen en ellas el autobús que sabían que se detenía en ese lugar.

 

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